SOCIETAS ALIENUM

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El Estado es un ente que en su abstracción pugna por su supervivencia. Al final, aquí cobra sentido la parábola que la tradición judía ha preparado acerca de ese autómata llamado Gólem. Para ello, nótese que según Stirner se necesita de la ‘abulia’ de aquellos sobre los que impera. Abulia que no es sino falta de voluntad, de decisión. Sin más, una enfermedad.

Recojamos a este punto aquel otro concepto emparentado con éste. La akrasía es una forma más de la explicación de la debilidad en la voluntad, pues no es más que el déficit de poder que mencionábamos. A pesar de que ‘acracia’ haya sido sinónimo de anarquismo debe entenderse muy bien la connotación que se le desea dar según el caso, pues es palabra límite que sirve tanto para dar como para quitar.

Hegel ha contribuido a la opinión –difícil de digerir– de que sólo se alcanza la verdadera libertad por mediación de la acción que se ha vuelto política en grado sumo. Ésta es aquella acción obediente, con lo que «¡El servidor obediente es el hombre libre! ¡Qué contrasentido más cruel!».

Debemos considerar, nos cita Stirner, «qué hacen con su causa aquellos por cuya causa debemos trabajar, sacrificarnos y entusiasmarnos».¿Renuncian a ella como se pretende que hagan aquellos que aún reciben el signo de la disidencia?

En cuyo caso más bien estarían actuando, sin advertirlo los beneficiados, en la causa de éstos, de una manera altruista siempre.

¿O, más bien se hallan al final de la espiral de fines, en el fin común, recogiendo el balance de la suma del servicio de todos? Según la Teoría del Derecho que puede conocer Stirner, al final de toda acción se encuentra el motivo que propició la misma, y, éste, resulta ser uno siempre elusivo, que tiene su base en otro. En este marco se puede estar en el Estado, determinarse y concretarse, definirse con referencia al Estado, con lo cual «nos definimos en relación a …», o, ser –en caso contrario– acreedores del adjetivo de ‘injustos’, ‘inmorales’, ‘reprobables’, ‘transgresores de la legalidad’, ‘inhumanos’ incluso llegado el caso, pues lo que va a traicionar esta hostilidad del Estado al nombrarme, al estigmatizarme, es que exige que yo sea «justo», «moral», «respetuoso con la ley», «virtuoso», en definitiva «humano».

Lo exige con carácter de ley, dónde  todas estas denominaciones se corresponden con la presuposición de que yo, puedo no serlo «y que podría ser considerado por él […] un monstruo; me impone como un deber el ser humano» siendo el dudoso concepto ‘ser humano’ aquél que concuerda con que «no haga nada en lo que él no pueda imponerse; su existencia debe ser sagrada para mí. Entonces no debo ser ningún egoísta, sino un hombre ‘honesto, honrado’, esto es, un hombre moral. En definitiva, contra él y su existencia debo mostrarme impotente y sumiso».Abnegado, dice Stirner.

El andamiaje conceptual del Estado, convierte en un sinsentido el mismo ejercicio en que excluye a alguien bajo las acusaciones vistas, pues mantiene formalmente que puede designar algo fuera de sus propias categorías. Ser «inhumano » es algo de corte bien distinto a «no ser humano», al no corresponderse con el concepto acuñado, al traicionarlo, pero esto… propiamente no se puede decir. Queda fuera o dentro del concepto humano. Una de las dos cosas debe elegirse. La imagen mítica –el homo sacer– del derecho romano recordada por Agamben viene a ajustarse perfectamente con este procedimiento de inclusión/ exclusión que se abre entre la societas y lo alienum, lo extraño e incivilizado, una de esas pocas ocasiones en las que se muestra el lado salvaje y hostil de aquello que queda fuera de la ciudad.

Sólo si se admite que este criterio formal de designación de lo propio y lo extraño es fruto de un error categorial entra en juego el argumento crítico de Stirner. Se puede decir con él que la clasificación es inconsistente –hasta desde el punto de vista formal– en la medida en que pretende ser completa en sus juicios pero apela a conceptos que no pertenecen a su dominio.

No dejade ser esto una variante de aquél caso en el que «aceptamos el juego» de las apariencias legitimándolo. Es en este sentido en el que se nos permite hablar de e-lusivo e i-lusivo (in-ludere) como «entrar en el juego». Este juego no es más que la lógica del discurso estatal.

La problemática de la anarquía que enarbola Stirner es la del que sólo juega a su juego, que, en la terminología de éste es el de su causa. Así recibe cada término su significado desde ésta, la única causa, que es la que limita en jerarquía cualquier determinación posterior. De ahí que el diálogo que extiende Stirner en El Único se acomode a tan sólo dos polos –es en sentido literal un dia-lógos– compuestos de dos partes que acentúan por tiempos cada uno de dos puntos de vista: El Hombre –a saber, cualquier hombre o, trágicamente, ningún hombre– y Yo –aquél que  no es agotado en ninguna definición relacional.

Jugar al juego de poder del Otro, al juego de categorías, que acaban mostrando su incoherencia a través de la propia existencia de los hombres, es comprar apariencia por realidad y penetrar en el mundo de los espectros, lugar donde el espíritu se hace carne sin dignificarla más allá de sus propósitos. Es ceder la realidad a otro que la ejercerá como en una suerte de metempsomatosis. Estos sujetos son los «enajenados», los poseídos de las páginas del Único. Lo más curioso es que esta transformación es obra de palabras que sólo a posteriori traen los hechos: la ley, la tradición, la costumbre

«El futuro queda reservado a las palabras […] nada ‘esencial’ o ‘sustancial’ se somete a un cambio, por ello con más energía trabajan en lo que permanece,  lo cual lleva el nombre de lo ‘antiguo’, de los ‘antepasados’, etc.».

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